Cuando una empresa decide autoalojar sus sistemas, aparece enseguida la pregunta de dónde ponerlos. Y hay una confusión de fondo que conviene deshacer: autoalojar no quiere decir que la máquina esté en tu edificio. Quiere decir que el software es tuyo, que los datos son tuyos y que puedes llevártelos. Dónde corre es una decisión aparte.
Cuatro preguntas que deciden
1. ¿Quién va a entrar a esos servicios, y desde dónde?
Si la mitad de la plantilla trabaja desde casa o en casa de clientes, un servidor en la oficina significa que todo el mundo depende de la conexión de subida de esa oficina, que suele ser mucho peor que la de bajada. Con un VPS, todos están igual de lejos.
Si todo el mundo trabaja presencial y se mueven archivos grandes —diseño, vídeo, planos—, el servidor local gana por goleada: la red local es órdenes de magnitud más rápida que cualquier conexión a internet.
2. ¿Qué pasa si se va la luz o internet?
Un servidor en la oficina depende de la corriente, del aire acondicionado y de una sola línea de internet. Un corte de cuatro horas es cuatro horas sin sistemas. Y un incendio o una inundación se lleva por delante el servidor y las copias, si las copias están al lado.
Un VPS en un centro de datos tiene corriente redundante, refrigeración y varias rutas de red. No es infalible, pero está diseñado para esto y tú no.
3. ¿Hay alguien que lo mantenga?
Los dos exigen mantenimiento de sistema: actualizaciones, copias, vigilancia. El servidor local añade además el hardware: un disco que falla, una fuente que se muere, un SAI cuyas baterías hay que cambiar cada tres años.
Eso es tiempo de alguien, a veces a las nueve de la noche. Si no hay nadie con ese encargo explícito, la balanza se inclina hacia el VPS.
4. ¿Hay alguna restricción sobre dónde pueden estar los datos?
Algunos sectores o contratos exigen que ciertos datos no salgan del país. Si es tu caso, la pregunta ya no es local o nube: es qué proveedores tienen presencia donde necesitas. Muchos la tienen, así que rara vez obliga a tener servidor propio, pero hay que comprobarlo antes.
El coste, sin trampas
La comparación que se hace mal: el precio de un servidor frente a la cuota mensual del VPS. Así el servidor propio siempre parece barato.
La comparación honesta incluye lo que cuesta un servidor en la oficina más allá de la compra: el SAI y sus baterías, la electricidad funcionando todo el día, las licencias que aún pagues, el tiempo de administración, y la renovación del hardware cada cinco años. Si además quieres redundancia, son dos de todo.
Hecha así, el VPS suele salir igual o mejor para una pyme, y sobre todo convierte una inversión en un gasto predecible, que a efectos de tesorería no es poca cosa. Es el mismo razonamiento que aplicamos en cuánto cuesta realmente el software libre.
La respuesta que suele ganar
Para la mayoría de las pymes: VPS para los servicios que usa todo el mundo —ERP, correo, gestor de contraseñas, web— y, si hace falta, algo local para los archivos pesados del trabajo diario, sincronizado contra el servidor central.
Y las copias, siempre en un tercer sitio distinto de los otros dos. Si sirven para algo es precisamente para el día en que uno de los dos desaparece.
Para dimensionar la máquina, sea donde sea, está qué servidor necesitas de verdad.
